Allí, ella, con el cabello enredado en la almohada, respiraba con placidez. Soñaba con el amor posible. Ese que le alborotara las razones. Ese que le hiciera doblar su voluntad cuando se ponía terca. Ese que la mimaría en su caprichos. Ese. Un amor. Ninguno en particular. Un amor, nada más. Ella sólo quería estar enamorada.
Los días se me acaban. No hay vértigo. No hay tristezas. No hay desesperos. Cada vez quedan menos días. Estoy cansado. Estoy en paz. Sólo que el tiempo termina. Y se inicia otro conteo...
El agua caliente se resbala por mi cuerpo. Cierro los ojos, aunque la luz está apagada. Me gusta tomar duchas en la oscuridad. Cavilo en el porvenir y no lo veo tan claro. Siento que me asalta el ahora próximo. El agua gotea a chorros desde mi cabello, pasa por mi frente, mi cuello y así por toda mi humanidad. Me restriego los ojos. Me sacudo un poco a gotas. El agua rebota en el piso volviéndose eco. Abro los ojos y con las pestañas húmedas miro las baldosas de mi baño y pienso que es inevitable lo inminente.