No sé cómo se llaman mis vecinos, no sé el nombre de la mayoría de las calles por las que paso todos los días, no sé el nombre ni el número de la promoción de grado de cuando me gradué de periodismo (de esto me di cuenta hace poco), no sé cuántos suéteres tengo en el clóset, no sé cuantas revistas tengo (muchas, nunca demasiadas), no sé cuánto tengo en el banco (ni cuando tengo poco, ni cuando tengo más, sólo sé que nunca tengo mucho), no sé cuánto cuesta un café (¿será porque no lo tomo?), no sé el nombre de muchas personas que me conocen y me saludan, no sé preparar una sopa (al menos que sea de sobre), no sé cuántos libros me he comprado que no he leido todavía, no sé el número de teléfono de mucha gente (he llegado a entender que alguien es importante para mí cuando me sé su número de teléfono), no sé todo lo que tengo en la última gaveta de mi oficina, no sé hacer la vuelta canela (nunca aprendí), no sé levantarme tarde (quisiera algún día poder despertarme a las 12 del mediodía), no sé silbar, no sé cargar canciones a mi Ipod (mi primo Nico y mi amiga Magaly me han ayudado), no sé manejar (con tanta falta de práctica de seguro se me olvidó), no sé todas estas cosas y no sé si quiero saberlas.
José Roberto Coppola
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