La felicidad a veces no cuesta nada, es completamente gratis. Y no está en las alturas, aunque desde el bar del piso 18 en The Standard Hotel, en Meatpacking, New York, con tragos a 20 dólares cualquiera lo piensa y hasta lo duda. Después de salir fascinados por el lugar -la vista es alucinante, la decoración más y las modelos-mesoneras con cortos trajes de gala ni se diga- y sin haber tomado nada -es el precio que debemos pagar los pobres- Carla, Andrés y yo fuimos por la revancha. Estábamos caminando por Meatpacking, cuando vimos que en el piso tres de un edificio había la inauguración de una galería con dos mini bares en los que repartían tragos. Decidimos ir a beber sin pagar. Nos coleamos sin invitación. "Entremos con postura arrogante así no nos pedirán entrada", les dije a Andrés y Carla. Una vez adentro nos movíamos entre socialités, new yuppies y artistas desaliñados, pero sólo éramos unos pillos en busca de bebida fácil. Cada tanto nos acercábamos a los bares a pedirles a los mesoneros otro trago que tomábamos a sorbos mientras veíamos las obras de arte y hablábamos de cómo habíamos conseguido filtrarnos a la galería para beber como unos astutos arrabaleros. Bebimos lo que quisimos y no pagamos nada. La felicidad, a veces, sólo a veces, es bien barata.
En esa vastedad donde se queman los recuerdos y los olvidos. Donde no hay atrás. Donde la vida se posterga. Donde está perdido el futuro. Donde no existen los alrededores. En esas montañas de fuego granate, cobre, rubí que devastan la inminente inmensidad. En esa infinitud donde nada es perentorio, donde todo es perenne. Yo como guerrero del firmamento. Me siento eterno, poderoso. Allí, donde el viento y el cielo te queman calmosamente la existencia, como el sol con desganada pausa ha convertido el pasto en cenizas doradas. A estas alturas donde las nubes casi se pueden mover con el propio aliento. Acá donde poco importa, donde mucho vale, donde lo seco se vuelve feraz, donde se chamusca la piedad, donde arde la voluntad. Lejano, abandonado, entregado. Acá quiero incendiarme con la apatía. Acá me lanzo en la hierba muerta y deseo volverme humo.
Todavía tengo medio rostro tragado por la almohada y el cuerpo remolón entre las sábanas blancas. La luz de las diez de la mañana que entra por la ventana, invasiva y sin aviso. El no-silencio que se espesa en el aire. Veo las paredes blancas y desafiantes de la habitación, la lámpara con el bombillo gris encima de mi cama, el televisor en votos de silencio. Me protejo con las sábanas, me restriego los ojos, me pongo la mano en la frente. Estoy gobernado por el no-tiempo. Me siento perdido, pero salvado al mismo tiempo. Estoy vencido por una mezcla de fascinación y modorra. Estoy excitado entre el desasosiego. No puedo soltarme de esta trampa del aturdimiento. La serenidad y el fastidio me controla hasta los pensamientos. La calma me oprime y la vacilación me domina. Soy un esclavo de la nada.