Arden tibias las cenizas todavía después de que la candela quemó el corazón. El aplacado y cálido reposo del polvo ondea radiactivo e invisible. Naranja, púrpura, amarillo, índigo, negro, gris, blanco. Las llamas que danzan seductoras en su propio baile ya no están. El fuego no se devora, voraz y goloso, todo. Los desgastados rescoldos se duermen. La ceniza sigue latiendo.
José Roberto Coppola